Muchas familias marcan el crecimiento de sus hijos haciendo cada año una pequeña raya en el marco de una puerta. A los tres años, el pequeño Tommy medía noventa y cuatro centímetros, aunque era difícil saberlo con certeza porque no conseguía estarse quieto en el marco de la puerta. A los trece, Thomas (como prefería que lo llamaran) medía alrededor de un metro y medio, aunque quizá se había puesto de puntillas. Finalmente, a los veintitrés, Tom, ya con voz grave, alcanzó la orgullosa estatura de un metro noventa y tres. Sin embargo, esas pequeñas líneas horizontales en el marco de la puerta solo muestran el crecimiento físico de una persona. ¿Qué ocurre con el crecimiento espiritual?
En el griego del Nuevo Testamento, el verbo «crecer» es αὐξάνω (auxanō) o, a veces, αὔξω (auxō). El sustantivo «crecimiento» es αὔξησις (auxēsis), que también aparece un par de veces. Cuando auxanō se usa en sentido literal, puede referirse al crecimiento de las plantas (Mateo 6:28) o al desarrollo de los niños (Lucas 1:80). Sin embargo, incluso estos usos literales sirven como imágenes del crecimiento espiritual (1 Corintios 3:6–7; Colosenses 2:19). Entonces, ¿qué podemos aprender sobre el crecimiento espiritual mediante el estudio de auxanō?
En primer lugar, el crecimiento físico y el espiritual están relacionados. Por supuesto, todos hemos conocido a cristianos mayores que son espiritualmente inmaduros y a cristianos jóvenes que muestran una sabiduría superior a la que correspondería a su edad. Sin embargo, por regla general, las Escrituras relacionan la madurez física con la espiritual. Tanto Juan el Bautista como Jesús crecieron en fortaleza espiritual y sabiduría a medida que avanzaban hacia la edad adulta (véase Lucas 1:80; 2:40). Del mismo modo, la sabiduría que adquirimos a través de las experiencias de la vida contribuye a nuestro propio crecimiento espiritual. Esto significa que debemos someternos con paciencia al plan de Dios para nuestra vida y afrontar tanto las dificultades como las alegrías, tanto las pruebas como los triunfos, pues Dios se vale de todo ello en el largo y lento proceso mediante el cual nos hace crecer.
En segundo lugar, Dios usa varios maestros para producir nuestro crecimiento espiritual. Al hablar de su ministerio en la iglesia de Corinto, Pablo escribió: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Corintios 3:6–7). Dios utilizó a Pablo para predicar el evangelio a los corintios (véase Hechos 18), y después usó a Apolos para ayudarlos a seguir creciendo (Hechos 19:1).
Dios suele utilizar a maestros llenos del Espíritu para edificar a los creyentes, como escribió Pablo a los efesios: « Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:11–13). Esto significa que debemos dejarnos guiar por maestros y mentores fieles y maduros que nos alimenten con «la leche espiritual no adulterada», para que por medio de ella crezcamos «para salvación» (1 Pedro 2:2).
En tercer lugar, puesto que Dios utiliza a distintas personas para ayudarnos a madurar, el crecimiento espiritual es un asunto de familia. Para crecer físicamente, una persona puede añadir células a su cuerpo con solo comer y beber. Pero nadie puede crecer en sabiduría, conocimiento, carácter y virtud sin contar con otras personas en su vida.
Cuando el Nuevo Testamento habla de «crecer» espiritualmente, por lo general se refiere a crecer juntos dentro del cuerpo de Cristo, la familia de Dios, que es la iglesia (1 Corintios 3:6–9; 2 Corintios 10:15; Efesios 2:19–22; 4:14–16; Colosenses 1:3–12; 2:19; 1 Pedro 2:1–5). Dios nos diseñó de tal manera que cada miembro de su familia contribuye al crecimiento espiritual de los demás (Efesios 4:16). En pocas palabras, el crecimiento espiritual no es una búsqueda privada e individual; es un proyecto compartido, un asunto de familia.
Esto significa que debemos integrarnos de verdad en una iglesia local formada por creyentes que están creciendo, poner nuestros dones al servicio de los demás y estar dispuestos a recibir tanto el ánimo como la corrección de nuestros hermanos y hermanas en Cristo.
En cuarto y último lugar, Cristo es la medida del crecimiento espiritual. Efesios 4:15 comienza señalando la meta: «Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo». Con demasiada frecuencia tendemos a comparar nuestro progreso espiritual con el de quienes nos rodean. Eso puede hacernos sentir superiores o inferiores a los demás. Ambas posturas son erróneas. Puesto que el Dios-hombre perfecto, Jesucristo, es nuestro modelo de madurez, nuestro camino de crecimiento espiritual nunca termina.
Esto significa que, aunque un día seremos plenamente conformados a la imagen de Cristo (Romanos 8:29), hasta entonces debemos seguir creciendo continuamente (αὐξήσωμεν, auxēsōmen), paso a paso, en nuestro conocimiento de Dios, en nuestro amor por Él y en nuestra relación con Él y con los demás, por el poder del Espíritu Santo. Todos nosotros, sin excepción, somos una obra que Dios todavía está perfeccionando.
Michael J. Svigel
Además de enseñar teología histórica y sistemática en DTS, el Dr. Svigel participa activamente en la enseñanza y la escritura para una audiencia evangélica más amplia. Su pasión por una teología y una vida centradas en Cristo se combina con una inclinación por el humor, la música y la escritura. El Dr. Svigel llegó a DTS después de haber trabajado durante varios años en el ámbito jurídico, así como de haberse desempeñado como escritor en el ministerio de Insight for Living. Sus libros y artículos abarcan desde estudios de crítica textual hasta literatura fantástica juvenil. Él y su esposa, Stephanie, tienen tres hijos: Sophie, Lucas y Nathan.